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By Alejo Carpentier

Buscar l. a. utopia es querer encontrar el paraiso, y viceversa. Alejo Carpentier lo reasonó por medio de un riquisimo lenguaje, de los angeles naturaleza exuberante. Los pasos perdidos es un descenso a las raices, una travesía cargada de símbolos y de un a ancestral tradición cultural. Esta novela, escrita narra un viaje de vuelta: el protagonista, musicólogo, emprende una expedición al país de su infancia en busca de instrumentos musicales primitivos, al mismo tiempo, es una fuga: huye de un trabajo sinsentido, de una sociedad corrompida.

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Oliver Sacks se interna ahora en el insondable silencio de los sordos por medio de una comunidad que existio durante mas de dos siglos en Massachusetts, en l. a. que habia una forma de sordera hereditaria. Asi, los que podian oir eran «biling? es», y podian pensar y hablar de viva voz y tambien en el lenguaje de se?

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Y, sin embargo, Mouche solía hablar inteligentemente del recorrido que hiciera por Italia, antes de nuestro encuentro. Por lo mismo, al observar cuán falsas o desafortunadas eran sus reacciones ante este país que nos agarraba de sorpresa, indocumentados, sin saber de su pasado, sin formación libresca al respecto, empezaba yo a preguntarme si, en el fondo, sus agudas observaciones acerca de la misteriosa sensualidad de las ventanas del Palacio Barberini, la obsesión de los querubines en los cielos de San Juan de Letrán, la casi femenina intimidad de San Carlos de las Cuatro Puertas, con su claustro todo en curvas y penumbras, no eran sino citas oportunas, puestas al ritmo del día, de cosas leídas, oídas, tomadas a sorbos en las fuentes de uso más generalizado.

Como habíamos quedado solos en el comedor, fue hacia una especie de armario con casillas, del que se desprendía un grato perfume a yerbas silvestres, cuya presencia, en un rincón, me tenía en curiosidad. Junto a frascos de maceraciones y vinagrillos, las gavetas ostentaban los nombres de plantas. La joven se me acercó y, sacando hojas secas, musgos y retamas, para estrujarlas en la palma de su mano, empezó a alabar sus propiedades, identificándolas por el perfume. Era la Sábila Serenada, para aliviar opresiones al pecho, y un Bejuco Rosa para ensortijar el pelo; era la Bretónica para la tos, la Albahaca para conjurar la mala suerte, y la Yerba de Oso, el Angelón, la Pitahaya, y el Pimpollo de Rusia, para males que no recuerdo.

Y luego, fueron danzas. Danzas de un vertiginoso movimiento, en que los ritmos binarios corrían con increíble desenfado bajo compases a tres tiempos, todo dentro de un sistema modal que jamás se hubiera visto sometido a semejantes pruebas. Me dieron ganas de subir a la casa y traer al joven compositor arrastrado por una oreja, para que se informara provechosamente de lo que aquí sonaba. Pero en eso llegaron las capas de hule y linternas de la ronda; y la policía ordenó el cierre de la taberna. Fui informado de que aquí también se iba a observar, durante varios días, el toque de queda a la puesta del sol.

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